
Cada cierto tiempo, el sistema financiero chileno parece enfrentarse a su propia “amenaza existencial”. El auge global de la neobanca y, en particular la irrupción de Tenpo en Chile, podrían implicar un desafío a la banca tradicional. En consecuencia, cabe preguntarse: ¿estamos enfrentando un cambio de paradigma? Como siempre, la respuesta a esta interrogante no es tan obvia.
Ex ante, es fácil entender por qué la neobanca genera expectativas positivas. Desde la perspectiva del consumidor, la reducción de costos provocaría una caída en los precios para los clientes, producto de los menores gastos operativos, como la ausencia de sucursales físicas. Además, la dotación de personal sería naturalmente menor, lo que podría traducirse en menores comisiones y, en algunos casos, mejores tasas. Mas aún, la experiencia de usuario es claramente superior: servicios disponibles 24/7, menos papeleo, procesos simples y plataformas digitales intuitivas. Además, en términos de inclusión financiera, los neobancos pueden jugar un rol relevante en zonas donde la oferta bancaria es escasa, introduciendo competencia allí donde antes había poco o nada.
Desde el punto de vista de la competencia, también se esperaría externalidades virtuosas, ya que, la entrada de nuevos actores podría presionar a la baja los márgenes y elevar el estándar de servicio. En mercados como Brasil, por ejemplo, existe evidencia de una reducción de márgenes bancarios tras la irrupción de fintech y/o neobancos.
Sin embargo, conviene moderar las expectativas. El sistema financiero no se organiza en torno a tecnología per se, sino en torno a información. Y esta es una distinción clave: la banca tradicional opera con una ventaja estructural difícil de replicar en el corto plazo. Durante años —incluso décadas— los bancos acumulan lo que se conoce como soft information: conocimiento cualitativo del cliente, su historia, su comportamiento, su contexto personal o empresarial.
En cambio, los neobancos – y en algún sentido las fintech- se basan principalmente en hard information: datos transaccionales, historiales de pago, patrones cuantificables, que, por lo demás, los bancos no lo comparten. Esto funciona bien para pagos, transferencias y créditos pequeños. Pero, cuando se trata de créditos grandes —hipotecarios, corporativos o de inversión— la asimetría de información y la selección adversa pesan más. Por tanto, al no poder distinguir entre clientes más o menos riesgosos, las productos o condiciones crediticias dejan de ser atractivas para los de bajo riesgo; en un banco tradicional, en cambio, esa historia juega a su favor.
El resultado es una segmentación natural del mercado. Las fintech y neobancos capturan pagos, transferencias y financiamiento de bajo monto —segmentos de bajo margen—, mientras la banca tradicional mantiene el control de los créditos de mayor envergadura y alto margen. No es casualidad que, incluso en países donde la neobanca está más desarrollada, su participación en el crédito total sea todavía marginal.
Finalmente, hay un punto que suele olvidarse, pues los mercados no son estáticos. La banca tradicional no observa pasivamente. Si los neobancos mejoran la experiencia digital, los bancos responden. Si aparece una propuesta especialmente atractiva, pueden replicarla… o comprarla. La historia reciente muestra una rápida capacidad de adaptación de la banca a las exigencias del mercado.
La neobanca introduce competencia, eficiencia y presión sobre la banca tradicional. Sin embargo, pensar en una transformación estructural del sistema financiero chileno sigue siendo, por ahora, más un gesto de entusiasmo que un análisis realista.
Por: Nicolás Hardy, profesor investigador de la Facultad de Administración y Economía de la Universidad Diego Portales, Gonzalo Iberti, director Magíster en Finanzas e Inversiones (MAFI) de la Facultad de Administración y Economía UDP y Francesca Albarracin Milanesi, Subgerente de Gestión de Capital y Proyectos Estratégicos de Banco Internacional