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"La infraestructura de la innovación" por Josefina Movillo, directora ejecutiva FinteChile #SoyPromociona
July 3, 2026
Por
Diario Financiero

En Chile -y en buena parte del mundo- llevamos meses tratando de descifrar qué lugar ocupará la inteligencia artificial en nuestras vidas: cómo regularla, cómo aprovecharla y cómo protegernos de sus riesgos. Hablamos, con razón, de productividad, empleo, privacidad y democracia. Pero en medio de ese debate urgente sospecho que estamos dejando fuera una pregunta aún más decisiva: ¿qué significa, de verdad, innovar?

En un mundo donde el acceso al conocimiento es cada vez más un commodity, la innovación será una de las grandes ventajas competitivas del siglo XXI. Precisamente por eso conviene cuidarla de una confusión peligrosa: creer que innovar es simplemente incorporar tecnología, automatizar procesos o poner un algoritmo donde antes había una persona. Innovar nunca ha sido solo una cuestión técnica. Es, antes que nada, una forma de mirar el mundo.

Empieza cuando alguien se atreve a desconfiar de una respuesta heredada, a cuestionar un procedimiento que parecía inamovible o a preguntarse si aquello que damos por evidente podría hacerse de otra manera. En la historia del progreso, no fueron las herramientas, por sí solas, las que cambiaron al mundo, sino las personas capaces de mirar un problema conocido desde otra perspectiva.

Por eso llama la atención que sigamos hablando de innovación como si fuera solo una industria, una política sectorial o una agenda tecnológica. Innovar también es abrir la cabeza: mirar instituciones, procesos y problemas cotidianos con la disposición de preguntarse si existe una manera mejor. Es desafiar esquemas que parecían definitivos e imaginar respuestas para problemas que creíamos resueltos.

Esa distinción importa, porque los desafíos que tenemos por delante difícilmente podrán resolverse con las mismas respuestas que nos trajeron hasta aquí. La caída de la natalidad, el envejecimiento de la población, la crisis de productividad, la fragmentación política y la redefinición del trabajo tienen algo en común: obligan a pensar distinto. No basta con administrar mejor lo existente.

Lo vemos todos los días: pocas palabras se usan tanto y significan cosas tan distintas como "innovación". Para algunos, innovar es hablar de inteligencia artificial; para otros, aplicar metodologías ágiles, implementar laboratorios, digitalizar trámites o medir desempeño con nuevos indicadores. Todo eso puede ayudar. Pero no explica por qué algunos países, organizaciones y comunidades logran reinventarse, mientras otros terminan administrando un mundo que ya dejó de existir.

La diferencia rara vez está solo en la tecnología. Está en la cultura, en las instituciones, en el liderazgo y en una sociedad que entiende que cuestionar no es destruir, sino buscar una respuesta mejor.

Chile necesita tecnología, inteligencia artificial, datos, inversión y talento. Pero necesita, sobre todo, volver a cultivar la curiosidad, el pensamiento crítico y el coraje de mirar de nuevo aquello que creemos conocer. En un mundo donde las respuestas serán cada vez más accesibles, la verdadera ventaja competitiva estará en quienes sepan formular mejores preguntas. Porque la curiosidad -más que la tecnología- es la verdadera infraestructura de la innovación.